domingo, febrero 19, 2006

Lo que nos espera


CARLOS HERRERA
ABC 170206

ESTÁN los cohetes debidamente afilados para silbar por los cielos de España en cuanto la ETA proclame la tregua más anunciada y esperada de nuestra historia reciente (se lo ha filtrado Maragall a diarios catalanes como sutil venganza por la que le tienen montada en el PSOE). Las voces suspicaces serán pocas: los que se atrevan a manifestar el resquemor de tanto acuerdo misterioso recibirán el linchamiento de los entusiastas tartufos con los que se maneja este Gobierno y el desprecio de los corifeos profesionales que ahí andan bailándole el agua a Rodríguez y los suyos. No bastará con que se exprese alegría por el hecho en sí de un «alto el fuego»; habrá que brindarle a los negociadores la carta blanca absoluta al efecto de que configuren el escenario que precisen. ¡Nadie le deshaga a Rodríguez su arcadia soñada!: cesa a ETA, desdibuja el Estado, difumina al PP.

Nos espera un escenario que ya se adivina en los silencios de sus protagonistas y en las bravuconadas del lado de los asesinos: tregua cualquier día, inmediata puesta en marcha de dos mesas, una de pacificación y otra de normalización, adhesiones inquebrantables de la sociedad civil, recuperación de Batasuna, pacto entre éstos y los socialistas, calendario de excarcelación de presos, y esfuerzos titánicos por mantener al PP al margen de todo el proceso. Dando colorido a todo el curso de acontecimientos no faltarán manifiestos de cursis redomados que apelarán a la armonía universal y al angelismo hipócrita para dar soporte a la causa. Poco les importará a todos esos pasteleros -que ya se anuncian a dos esquinas vista- que toda esta serie de acontecimientos se haya pactado antes de la tregua: este es un juego de pactos en el que no se habla como consecuencia de una parada de actividades terroristas, sino que los terroristas paran como consecuencia de lo que se ha hablado y de los gestos que ha escenificado el Gobierno. Por ello mismo es legítimo pensar que toda esta maniobra no hace sino darles parte de razón a los asesinos al concederles algunas de las cosas por las que, teóricamente, mataban. Hay quien asegura, por el contrario, que el Gobierno es consciente de que éste es un largo sendero de años y que su deber, fundamentalmente, consiste en declararle al pueblo español sus intenciones y sus límites e, inmediatamente, llamar a consultas a Mariano Rajoy para afrontar este asunto por colleras.

Más parece que se trate de un capítulo de buenas intenciones que de otra cosa: si Rodríguez, efectivamente, acuerda con el PP aquello que vaya a negociar en una mesa de toma y daca, obrará dignamente como hombre de Estado, pero si juega a lo que viene jugando desde que llegó al poder en aquél rebote extraño -aunque explicable- del 14-M, le hará un flaco favor a su propia patria, ésa de la que tanto habla últimamente. Hasta ahora sólo ha respondido con el silencio cuando se le ha requerido desde la oposición o cuando el recrecido Otegui diseña desde Anoeta un escenario en el que asegura que «lo fundamental es la autodeterminación». Nada, Rodríguez no dice nada. Suelta, si acaso, una par de pamplinas marca de la casa y se vuelve a su política de retos cercanos y menores, con lo que sólo queda encomendarse al Altísimo para que el futuro de los constitucionalistas en el País Vasco no pase a ser el mismo que el de uno del Opus en Arabia Saudí. El Partido Popular, entretanto, sigue con su despiste, con sus ocurrencias y con su desorganización, con sus peleas internas y con sus iniciativas -como la de la recogida de firmas- absolutamente absurdas. ¡Cómo lo estará haciendo que aun teniendo delante a un Gobierno que es un permanente insulto a la inteligencia no pasa de empatar en las encuestas!

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