domingo, enero 07, 2007

"El cocodrilo abría la boca... y él creía que le sonreía" de PEDRO J. RAMIREZ


PEDRO J. RAMIREZ
07-01-07

I. Memorial del autoengaño

Cuando el 14 de noviembre de 2004 la ilegal Batasuna se limitó a cambiar el envoltorio de las perennes exigencias de sus amos terroristas y a bifurcar su negociación en dos tableros -uno «político» y otro «militar»- en los que habría que jugar partidas simultáneas, Zapatero reaccionó como si hubiera visto el arco iris, subrayando ante sus interlocutores de confianza que en Anoeta no se había hablado de «independencia» ni -enorme avance- se habían quemado banderas españolas. El presidente llegó a pronosticar incluso -ingenua criatura- que sería la última vez que en un mitin se gritara: «¡Gora ETA!».

Cuando el 30 de diciembre de ese año el Parlamento vasco aprobó el plan Ibarretxe gracias al calculado apoyo de una parte de los diputados de la ilegal Batasuna, Zapatero transmitió a su entorno que había llegado la hora de la «alta política», consistente en frenar en seco, por un lado, la iniciativa soberanista del lehendakari, pero permaneciendo dispuestos, por el otro, a aprovechar la oportunidad de encarar «la fase final de la violencia» a partir de una nueva declaración de tregua -esta vez definitiva- que ETA podía hacer pública en una fecha tan próxima como mediados de enero de 2005.

Cuando el día 14 de ese mes, mientras protagonizaba con Rajoy el coitus interruptus que habría de marcar toda la legislatura -quedaron en rematar sus pactos autonómicos a través de una comisión que no llegó jamás a reunirse-, recibió la carta de Otegi planteándole las bases de Anoeta, Zapatero se apresuró a transmitir a unas cuantas personas influyentes su sensación de estar ante una «ocasión histórica» y un mensaje muy concreto: «Quiero que sepas que me la voy a jugar».

Cuando fueron transcurriendo las semanas sin que se materializara la tregua pero sin que ETA cometiera tampoco ningún asesinato o atentado resonante, Zapatero se jactó una y otra vez, como quien aloja un as en la bocamanga, de tener muy buena información de lo que ocurría en el planeta abertzale: «Los de Batasuna están como locos por convertirse en Esquerra Republicana y los de ETA saben que nunca van a tener una ocasión así. Estoy por asegurar que nunca más volverán a matar».

Cuando él mismo pronosticó durante un almuerzo en la sede de EL MUNDO tres días antes de las elecciones vascas del 17 de abril que el PNV obtendría sólo 30 escaños y obtuvo 29, que el PSE llegaría a 19 y consiguió 18, que el PP conservaría 15 y esos fue los que mantuvo, que Ezker Batua seguiría en sus 3 y en sus 3 siguió, que Aralar engancharía uno y así fue, y que las Nekanes de las Tierras Vascas se quedarían en 4 y se dispararon hasta 9, Zapatero poco menos que entró en éxtasis festejando todo en lo que había acertado y minusvalorando -no sin argumentos- la trascendencia de su gran error de apreciación: «Son unos locos cariocos, no una estructura durmiente de Batasuna».
Cuando el 11 de mayo de 2005 Mariano Rajoy le acusó con timbre sombrío y exagerado, en el Debate sobre el estado de la Nación, de estar «traicionando a los muertos», Zapatero pronosticó que su antagonista estaba «terminado como líder de la oposición» y se apresuró a promover atropelladamente la famosa resolución que le autorizaba a negociar con ETA, convirtiendo a la banda en anhelado interlocutor del Estado, aislando al PP y rompiendo de facto el Pacto Antiterrorista.

Cuando el mismo domingo 15, antevíspera de la votación de esa resolución, ETA hizo estallar cuatro bombas en Guipúzcoa y varios amigos le advirtieron que eso sólo podía ser el augurio de que los terroristas pretendían cobrar un precio político para decir adiós a las armas, Zapatero refutó esa teoría, se autodefinió como un «optimista antropológico» y les contestó con una cita de María Zambrano: «Todo lo que el hombre ha hecho en la Historia, lo ha soñado antes».

Cuando el 25 de mayo, coincidiendo con el estallido de un coche bomba en Madrid contra su candidatura olímpica, Otegi fue fugazmente encarcelado -tras preguntar si la decisión la conocía el fiscal del Estado- y al salir de la trena proclamó que el episodio no afectaba para nada «a la apuesta por la paz de la izquierda abertzale», Zapatero se sintió reafirmado en todas sus predicciones. Puesto que Batasuna estaba «como loca por jugar un papel político» y se avecinaba una tregua de ETA que «equivaldría al abandono definitivo de las armas», a él le correspondía volcarse en la tarea de preparar una negociación en la que no cometería «los errores de Aznar».

Cuando el 21 de enero de 2006 la ilegal Batasuna convocó su Congreso en Baracaldo, Zapatero apeló al «derecho de reunión» frente a una Ley de Partidos «muy restrictiva y de aplicación muy delicada», lo que envalentonó a Otegi para lanzar un mensaje muy claro en el mitin que, a modo de sucedáneo, terminó celebrándose en el mismo lugar y fecha: «Vamos ganando».

Cuando el 22 de marzo, 14 meses después de lo por él esperado, llegó al fin el anuncio de «alto el fuego permanente» de ETA, Zapatero lo celebró junto a sus seres más queridos como un hito histórico y se aferró tanto al avance cualitativo de la adjetivación -la tregua del 98 sólo había sido «indefinida»- como a la circunstancia de que esta vez la banda no se reservaba expresamente el derecho a realizar «labores de aprovisionamiento», vulgarmente consideradas como de chantaje y extorsión.

Cuando el 13 de abril trascendió que, sin embargo, ETA seguía enviando cartas a empresarios exigiendo el impuesto revolucionario, Zapatero dio por buena la explicación de que eran anteriores al anuncio y me aseguró en la entrevista publicada en EL MUNDO el día 17 que «la primera aproximación no refleja elementos de gravedad».

Cuando el 20 de junio la Policía capturó in fraganti a un cobrador de ETA y desmanteló la trama del Bar Faisán en una operación previamente abortada por el chivatazo de alguien muy próximo al poder, Zapatero puso toda su atención en el modus vivendi de las personas implicadas, y muy concretamente en la foto de la casa de Julen Madariaga publicada en EL MUNDO -«¿De dónde saca ese tío la pasta para vivir así?»-, como si se tratara de la actividad delictiva de unos particulares que estuvieran usurpando las siglas de la banda.

Cuando previamente fue incendiada el 22 de abril la ferretería de un concejal de UPN en Barañáin, Zapatero escuchó con complacencia las teorías que situaban el episodio en un contexto de conflictos vecinales y se encogió de hombros cuando la propia ETA presentó ese y otros actos de violencia callejera como expresiones espontáneas de la resistencia ciudadana frente a la opresión: también Aznar había dialogado con ETA durante una tregua en la que había habido kale borroka...

Cuando un sector de la ilegal Batasuna amenazó con negarse a acudir a las citaciones del juez Grande Marlaska a la Audiencia Nacional -lo que hubiera implicado su detención inmediata-, Zapatero accedió a «salvar el proceso», autorizando el 31 de mayo a Patxi López que anunciara un próximo encuentro con Otegi pocas horas después del Debate del estado de la Nación en el que, si de algo había pecado esta vez Rajoy, era de exquisito tacto y guante blanco. Resultaba evidente que esa puñalada por la espalda significaba perder el apoyo del PP, pero al presidente no parecía importarle demasiado. Tampoco el flagrante incumplimiento de uno de los contados compromisos claros de la mencionada entrevista de abril: «Evidentemente no habrá diálogo con ninguna fuerza que no esté legalizada».

Cuando las semanas fueron pasando sin que nadie pudiera dar por «verificado» que el alto el fuego era completo y a pesar de que en esa misma entrevista también había prometido «tomar el tiempo que considere necesario para llegar a la convicción de que existe la alta probabilidad de que ETA esté dispuesta a abandonar la violencia», Zapatero decidió tirarse a la piscina y el 29 de junio anunció el inicio formal de las conversaciones, mientras proclamaba un equívoco «derecho a decidir de los vascos»... dentro de la Constitución.

Cuando a comienzos de septiembre el sanguinario etarra De Juana Chaos comunicó a un funcionario de prisiones su determinación de llevar a cabo su último chantaje con palabras que impresionaron vivamente al ministro del Interior -«O cementerio o libertad»-, Zapatero impulsó la búsqueda de fórmulas para que la Fiscalía rebajara espectacularmente su nueva petición de pena y el 27 de octubre -en plena deliberación del tribunal- llegó a declarar que su conducta moderada durante el juicio demostraba que era «favorable al proceso de paz».

Cuando el robo de las 350 pistolas dejó en ridículo el 23 de octubre su divisiva iniciativa en el Parlamento Europeo, Zapatero se limitó a afirmar que aquello «tendría consecuencias» e impulsó las detenciones de etarras que, obviamente, estaban siendo controlados desde hacía algún tiempo, pero se negó a suspender el proceso tal y como proponían algunos de los medios de comunicación más afines a sus tesis.

Cuando la víspera de Nochebuena la Ertzaintza descubrió el zulo de Amorebieta con los primeros 50 kilos de explosivo dentro de un bidón semienterrado, Zapatero escuchó con satisfacción las declaraciones del máximo responsable policial, Joan Mesquida, en el sentido de que eso no significaba que ETA se estuviese «rearmando» y dio luz verde al nuevo mensaje de optimismo hábilmente inoculado por el Ministerio del Interior: acababa de producirse un contacto con la banda en el que el Gobierno había obtenido garantías del mantenimiento del «alto el fuego permanente».

Cuando el pasado viernes 29 de diciembre compareció por primera vez en mucho tiempo en una rueda de prensa digna de tal nombre, Zapatero desechó las insistentes advertencias de ETA en el sentido de que sin «autodeterminación» y «territorialidad» -Navarra- no habría proceso, considerándolas mera propaganda para consumo interno y decidió, con la misma insensata temeridad que en todos los momentos antedichos, poner su futuro en manos de la banda. «Dentro de un año estaremos mejor que hoy», proclamó eufórico justo mientras la furgoneta bomba circulaba con destino al aparcamiento de Barajas.

II. Un farol sobre la popa

Estos son los hechos, tal y como yo los he vivido y conocido. Al cabo de dos años de intentarlo contumazmente, el presidente ha conseguido que ETA lo engañe y que eso quede en evidencia de la forma más estruendosa imaginable. Ahora es como el niño de la fábula de Esopo que acude con las manos escocidas por el picor de las ortigas y le explica desconcertado a su madre que él se ha limitado a acariciarlas. Ella le replica que tenía que haber hecho exactamente lo contrario: agarrarlas con tal fuerza que no les permitiera exhalar su líquido urticante. A lo que sigue la conclusión del esclavo fabulista: «Al insolente, irrespetuoso o delincuente debe demostrársele siempre que la autoridad prevalece sobre él».

Como bien saben los mozos de los pueblos, la única manera de que no te quemen las brasas es pisarlas con tal firmeza y contundencia que no haya transpiración. Cuando una manada de leones sale de cacería enseguida percibe que su mejor presa es aquella que da muestras de vacilación y debilidad. Los perros salvajes siempre atacan a aquel que más teme hacerles frente.

Zapatero nunca se ha puesto de rodillas ante ETA, pero le ha dado a entender que estaba ensayando una posición intermedia entre la erguida y la genuflexa que muy bien podría servirles de acomodo a ambos. Ellos han interpretado sus mensajes contradictorios como Hernán Cortés interpretó los fastuosos e inesperados regalos que le enviaba Moctezuma, acompañados del ruego de no seguir acercándose a su capital: se quedó con los regalos y tomó la capital con sólo 600 hombres, 17 caballos que sembraban el terror y un puñado de arcabuces y mosquetes que producían entre los aztecas el mismo efecto que hoy provocan los coches bomba. La lapidación por su propio pueblo fue el castigo del emperador que no se atrevió a combatir.

Durante todos estos meses Zapatero ha recibido al menos tantos avisos y señales de alarma como el rey Príamo y su hijo Paris cuando decidieron introducir en Troya aquel caballo de madera que los griegos habían dejado abandonado como supuesta expresión de su renuncia a tomar la ciudad por la fuerza. Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.

A los que hemos advertido una y otra vez que en el interior del proceso de paz se oían sones de guerra y que lo que se pretendía ejecutar no cabía en nuestra legalidad, se nos ha dado el mismo trato de agoreros que recibieron Capis el Viejo y otros sabios de la ciudad cuando denunciaron que del vientre del caballo emanaban ruidos metálicos y que las normas ancestrales prohibían que nada que no cupiera por el dintel de la gran puerta traspasara las murallas: los ruidos eran alucinaciones y el dintel -como las leyes- bien podía desmontarse.

En el momento en que alguien de su propia familia como Rosa Díez levantaba su voz autorizada para profetizar lo obvio, la maldición de Casandra, la condena a no ser tenida jamás en cuenta, caía inexorable sobre ella. Y cuando Rajoy, Zaplana y Acebes se han mostrado disconformes con el avance del proceso, les ha ocurrido lo que a Laocoonte y sus hijos cuando trataron in extremis de atravesar con sus lanzas el caballo-trampa: que las más venenosas y desaforadas serpientes marinas han brotado cual rugientes sicarios del océano mediático gubernamental y se han enrollado sobre ellos, tratando de asfixiarles y obligándoles a pelear por su propia supervivencia política.

Herodoto, el padre de la Historia, sostiene que el rey de Troya y su príncipe heredero -el secuestrador de Helena- fueron víctimas de Até, la Diosa del Encaprichamiento. Desde una perspectiva más racionalista el propio Zapatero admitirá que el suyo está siendo un problema de talante. Los hechos han demostrado que negociar con ETA equivale a «cortejar a un cocodrilo» en los términos en los que lo explicaba Winston Churchill: «No sabes si hacerle cosquillas debajo de la barbilla o darle un garrotazo en la cabeza, porque cuando abre la boca no puedes decir si está tratando de sonreír o preparándose para devorarte».

Aunque lo haya hecho de buena fe, el presidente se ha equivocado gravemente primero al cortejar al cocodrilo y segundo al pensar una y otra vez que, mostrándole sus afilados colmillos, el saurio asesino le sonreía fatigado y transigente. Ahora tendremos que pagar las secuelas de todo ello porque ETA ha ganado capacidad operativa, poder de reclutamiento y prestigio social durante estos dos años de contemplaciones y condescendencias. Pero a menos que se descubra que Zapatero ha dado algún paso indigno durante sus tratos secretos con la banda -cosa que él niega taxativamente-, la prioridad de la sociedad española no debe ser propinarle ahora el castigo político que probablemente se merezca en las elecciones, sino reclamar la rectificación que la situación requiere y afrontar desde la unidad democrática todo lo que puede venírsenos encima.

Hoy por hoy sólo Zapatero tiene el mandato legal para liderar ese proceso. Los mismos que le hemos advertido durante dos años que estaba equivocándose le recomendamos ahora que siga el único camino que se demostró a prueba de cualquier bomba durante unos años muy fecundos: el Pacto Antiterrorista con el PP, al que siempre podrían sumarse los demás. No hace falta inventarse nada nuevo ya que eso es lo que demanda el 80% de la población. El pasado domingo yo estaba convencido de que el presidente iba a tomar ese sendero, a mitad de semana tenía mis dudas y a día de hoy empiezo a sentirme desoladamente escéptico.

Tal vez, a la hora de la verdad, lo único que diferencie a Zapatero de la gentecilla de quinta división que le rodea es que él es un poco más simpático, pero eso no le hace necesariamente inmune a la «estupidez autoprotectiva» que en el 1984 de Orwell salía al paso de todo aquel que estaba a punto de tomar una decisión sabia basada en precedentes o analogías. Por algo dice Barbara Tuchman en La Marcha de los Locos que «aceptar un error y cambiar de rumbo es la opción que más repugna a un gobernante» y concluye con una tan maravillosa como inquietante cita de Samuel Coleridge: «¡Si los hombres aprendieran de la Historia, cuántas lecciones podría enseñarnos! Pero la pasión y el partidismo ciegan nuestros ojos y la luz que nos proporciona la experiencia es como un farol sobre la popa que ilumina solamente las olas que dejamos detrás».

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