martes, julio 04, 2006

APERTURA DEL CAMPUS FAES 2006 - DISCURSO DE AZNAR: "¿Y esto es paz?"


Señoras y señores ponentes, participantes e invitados del Campus FAES,
     
Permítanme que lo primero que haga sea saludar a mi amigo Mart Laar, que fue Primer Ministro de Estonia, y a quien quiero agradecerle de manera especial que haya accedido a mi invitación para estar hoy aquí, en la primera sesión del Campus FAES ‘2006. En esta Fundación, querido Mart, invocamos siempre y cultivamos siempre el espíritu de la Libertad. Tú luchaste por la libertad, gobernaste para la libertad, y ahora tratas de seguir extendiendo la libertad. Por eso te hemos pedido que vengas a hablar de Libertad y Democracia. Dentro de unos minutos disfrutaremos con tu conferencia.

Volvemos, un año más, a Navacerrada. Agradezco al Alcalde, Pablo Jorge, que nos acompañe hoy, y le pido dos cosas. La primera, que transmita a todos los vecinos mi saludo y mi agradecimiento por su hospitalidad; trataremos de molestar lo menos posible. Y lo segundo que le pido, es que siga cuidando así de bien esta villa de Navacerrada, que cada año que venimos está mejor.

Mi agradecimiento, también, a todos los ponentes que van a intervenir en el Campus, a los participantes inscritos, al equipo que lo organiza, y a los medios de comunicación que nos van a ayudar a difundir las ideas que aquí van a circular durante los próximos quince días.

Y es que de eso se trata: de ideas. FAES es una fundación que genera ideas y que difunde ideas. No nos da igual qué ideas. Las nuestras son las ideas de la Libertad, las ideas del centro, las ideas del reformismo liberal. Ideas de las que nos sentimos orgullosos, porque han demostrado ser las mejores para el progreso y la dignidad de los seres humanos en todo el mundo.

También en España. Y también con nuestras ideas queremos trabajar al servicio de España. De una España de la que nos sentimos orgullosos. De una España que no es de izquierdas, ni de derechas, ni de centro, sino que es la Nación de todos los españoles, libres e iguales. De una España que no es ningún estorbo, ni algo a lo que cada cierto tiempo le venga bien volverla del revés y vapulearla, como a una alfombra. España es una realidad histórica que lentamente, frágilmente, a lo largo de las generaciones hemos logrado mejorar, porque la primera obligación de cada español –sobre todo de cada gobernante español- es transmitir a la generación siguiente la Nación íntegra y fuerte que hemos recibido.

Queridas amigas y amigos, vamos a hablar de España y de la Libertad en este Campus. Vamos a hablar de Europa y de Occidente. Vamos a comenzar hablando del futuro de la Democracia liberal. Porque la Democracia es un instrumento –el mejor instrumento conocido- para proteger la libertad de las personas. La democracia se ha extendido por el mundo, y deseamos que lo alcance por entero. De eso hablamos en el Campus del año pasado. Pero para preservar la Libertad no basta con tener un Gobierno surgido de las urnas. Hoy vemos en varias partes del mundo –algunas repúblicas iberoamericanas, algunos territorios de Oriente Medio- gobiernos que han resultado de la elección popular. ¿Son verdaderas democracias? Ojalá. Por desgracia sus comportamientos indican que no se comportan como tales. Para que la Democracia sirva a la Libertad hacen falta instituciones, hace falta Estado de Derecho, hace falta Libertad de Expresión, hacen falta tribunales independientes. Sin todo eso no hay Democracia. Y nuestra obligación es ayudar a que aquellos países que no han sido privados del derecho a votar, alcancen también el derecho a ser libres y a comportarse como verdaderas Democracias.

He mencionado la Libertad de Expresión, a la que dedicaremos uno de los cursos del Campus. En su título hablamos de ella como de una libertad amenazada. ¿Lo está? Desearíamos que no. Desearíamos que ningún artista europeo hubiera sido asesinado por filmar una película, pero terroristas islamistas asesinaron a Theo Van Gogh y amenazan ahora a Ayaan Hirsii Ali por esa razón. Desearíamos que ningún clérigo, de ningún lugar del mundo ni de ninguna confesión, animara al atentado criminal por la publicación de unas caricaturas. Lo mismo que –a un nivel distinto, obviamente- desearíamos que a ningún político, ni siquiera bajo la excusa de que hay que inventarse una nación, se le ocurriera crear un Consejo encargado de decidir quién miente y quién no, quién ayuda a la convivencia y quién es considerado un cuerpo extraño y pernicioso para la feliz convivencia de los unánimes. De todo eso hace falta hablar, y es lo que vamos a hacer en estos días.

Igualmente, queremos que aquí se hable de libertad económica, de globalización y de progreso. La primera dedicación de los liberales, desde Adam Smith hasta aquí, ha sido preocuparse por averiguar cómo han de salir los individuos y las naciones de la pobreza. Nadie dotado de conciencia puede permanecer indiferente ante el sufrimiento. Pero nadie dotado de inteligencia puede recomendar que para salir de la pobreza se apliquen aquellas recetas que precisamente lo que generan es pobreza. Nadie, salvo los que consideran que el conocimiento es inútil –por usar la expresión del maestro Revel-, y prefieren un buen dogma políticamente correcto, o un buen eslogan antiglobalizador, antes que detenerse a comprobar el dato empírico de que la libertad de mercado es lo que ha permitido que 500 millones de personas hayan salido del umbral de la pobreza en los últimos 25 años.

Las reformas liberalizadoras, lo mismo que el respeto a las instituciones de mercado y de la competencia, también nos hacen falta a nosotros. Si España ha podido crecer en estos diez años es porque durante ocho de ellos hubo una preocupación y un interés constante. Interés por mejorar las cosas, reformando mercados, bajando impuestos y limitando el gasto público. Preocupación por no interferir jamás los mercados con operaciones teledirigidas, al servicio de intereses políticos de poder.

Ahora vemos lo contrario. El gasto público aumenta un 30% en 3 años. Los mercados se distorsionan para que salga lo que se quiere a toda costa que salga. Y las reformas se posponen, con un encogimiento de hombros que tiene más de cinismo que de equivocación.

España ha demostrado que cuando el Gobierno genera confianza, es capaz de pasar de los últimos puestos a los primeros. Pero España también puede demostrar que la pérdida de confianza nos hace volver a descender en el ranking. El progreso, como las naciones, no es indestructible.


Señoras y señores: hace pocos días fui a Durango. Me concedieron un honor que es más importante que cualquier otra distinción: un premio que lleva el nombre de Jesús María Pedrosa, asesinado por los terroristas hace seis años.

Viendo allí a su viuda, Carmenchu, y a sus hijas, Ainhoa y Estíbaliz, es más fácil entender el enorme error que se está cometiendo. Resulta que a Pedrosa, como a otras 800 personas, se les asesinó porque un grupo de indeseables, decididos a imponer por la fuerza su particular manera de pensar, lo consideraban un obstáculo, a él y a todos los que como él no estuvieran dispuestos a someterse y a callar.

¿En qué consiste esa particular manera de pensar de los terroristas? Lo dijeron en marzo pasado, al declarar el llamado “alto al fuego”: consiste en aceptar una negociación política que conduzca a una decisión sobre el futuro del País Vasco y de España.

¿Y qué es lo que el Presidente del Gobierno dijo la semana pasada? Que aceptaba una negociación política que condujera a una decisión sobre el futuro del País Vasco y de España.

¿Quién va ganando la partida? ¿Las víctimas? No, los verdugos.

¿Para qué aguantó Pedrosa, tras ver caer a Miguel Ángel Blanco y a tantas otras personas antes que él? ¿Para nada? Pues eso es lo que transmite ahora con sus actos el Presidente del Gobierno: que aguantaron para nada, que les mataron para nada.

¿Y esto es paz?

¿Hay paz cuando son los asesinos los que se sientan en la mesa de los vencedores? ¿Hay paz cuando se obliga por las armas a una Nación a modificar su sistema político?

No, no hay paz. No hay paz cuando no hay justicia. No hay paz cuando unos tienen que tragarse lo que otros han impuesto no con los votos, sino con las pistolas.

¿Qué significa ese “derecho a decidir” del que ha hablado el Presidente del Gobierno? Significa, ni más ni menos que el reconocimiento de un derecho de autodeterminación. No puede significar ninguna otra cosa, porque decidir, todos los españoles, vascos incluidos, llevamos treinta años decidiendo.

¿No deberíamos ser todos nosotros –empezando por nuestro Gobierno- quienes exigiéramos a los terroristas, a los antidemócratas y a los extremistas, que respeten las decisiones que tantas veces hemos tomado?

El Gobierno ha demostrado a los terroristas que está dispuesto a aceptar sus condiciones. En el día señalado, en el lugar que le dijeron, ha pronunciado las palabras que le exigieron que pronunciara.

Ahora caminan juntos. Mientras una enorme mayoría de españoles –vascos incluidos- en vez de echar los brazos al aire de alegría, se echa las manos a la cabeza por la preocupación.

Esas mayorías que, encuesta tras encuesta, responden “no” a cualquier cesión ante los terroristas, es la mayoría que se va dando cuenta de que no estamos hablando de que los terroristas entreguen las armas, sino de que los ciudadanos normales entreguemos nuestra democracia, nuestra dignidad y nuestra nación.

Por eso el Gobierno camina ahora junto a sus antaño adversarios del Pacto de Estella. Por eso el Partido Popular y su Presidente, Mariano Rajoy, han permanecido fieles a la palabra dada: no entrar en acuerdos para hacer ahora lo que nos exigieron inútilmente en el Pacto de Estella. Y yo me enorgullezco de ello, y digo que sólo así quedan oportunidades para la esperanza y para la verdadera paz.

Sólo así podemos pensar en un futuro que retome el camino que demostró que era eficaz. El camino de la lucha antiterrorista que pudo –si este Gobierno hubiera querido- acabar definitivamente con la banda de totalitarios.

Nos han cambiado el sistema político de 1978 sin preguntarnos nada. Han cambiado la Constitución sin tener la gallardía de ir de frente, pidiendo su reforma. El Estatuto de Cataluña ha cambiado nuestro régimen político, el mejor que habíamos tenido nunca. La democracia abierta que siempre habíamos soñado. El Estado autonómico que servía bien como punto de encuentro, pero que algunos han interpretado ahora que era un punto de partida hacia sus viejas pretensiones separadoras.

Por este camino no va a haber una España más cohesionada, que no nos engañen. Por este camino vamos hacia una España más dividida. Con menos lazos de afecto. Con rivalidades hasta para compartir el agua de los ríos. Un país sin un Gobierno efectivo, ni un Estado efectivo, porque no puede haberlos cuando las instituciones comunes se quedan vacías de contenido. Un país, en fin, con derechos diferentes en cada territorio, como en los viejos fueros medievales, cada uno empujado a pelear con los demás para conseguir arrancar un poco más de un cuerpo común al que se mira como si fuera cosa de los demás.

No sé si ese camino conduce o no a la independencia efectiva y total de una u otra comunidad. Supongo que sí, porque algunos no se privarán de darse una alegría más al cuerpo. Pero en tanto llegue ese momento simbólico, iremos entrando en una etapa de disolución material, cuyos efectos me parecen igual de graves.

El día que se aprobó el nuevo Estatuto de Cataluña, los actuales dirigentes del Partido Socialista dieron, desgraciadamente, por concluido el sistema y los grandes consensos básicos que dieron como mejor fruto la aprobación y vigencia de la Constitución de 1978.

Ahora hay que pensar en el futuro, y hay que ofrecer un futuro posible para todos aquellos españoles –una amplia mayoría, pienso yo- que siguen deseando un proyecto de vida en común, que es España.

También a eso vamos a dedicarnos en el Campus, lo mismo que el año pasado analizamos qué significaba la palabra “nación” en el debate político español.

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