domingo, junio 11, 2006

Zetapé, junto a Fernando VII


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El PSOE es un partido antiguo, antiquísimo incluso, pero aún no existía cuando Fernando VII proclamó con toda la solemnidad aquello de "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional". La constitución, como hasta la ministra Calvo sabe, era la de 1812 y tan encendido alegato se produjo seis años después de que el monarca hubiera derogado la "Pepa" por vez primera, y tres antes de que volviera a hacerlo por segunda y definitiva vez. Son ese tipo de cosas que tradicionalmente se han incluido sin vacilación dentro de la categoría de la traición, aunque ahora, en la era del talante y de lo políticamente correcto, uno ya no sabe bien cómo definirlas.

Pues bien, han tenido que pasar casi dos siglos para que en los pozos negros de nuestra Historia haya quedado registrada otra frase de la misma profundidad moral. Se la debemos, como no podía ser de otro modo, al insigne presidente Rodríguez: "El diálogo con ETA no incluirá ninguna cuestión política. Primero la paz y luego la política". En esta ocasión, la frase se pronunció varios años después de que el Partido Socialista ya anduviera en tratos con la ilegalizada Batasuna-ETA y pocos meses antes de que Rodríguez autorizase -como acaba de hacer- el inicio del "diálogo político" (sic) con la capucha política de la banda terrorista.

Y ahora no es un monarca traidor, sino Zapatero Presidente quien nos invita a marchar francamente, y él el primero, por la senda de la pacificación. Si antaño fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, hoy quien escolta al líder en su camino hacia la paz es una comitiva de encapuchados que ya no son terroristas, sino integrantes de una organización de asesinos que no se arrepienten de nada, pero que están haciendo un gran esfuerzo por no volver a apretar el gatillo. Cuánta generosidad. Todos debemos estarles agradecidos y entender que no hay proceso histórico sin su precio ni sus daños colaterales: dignidad, justicia, memoria de las víctimas y Estado de derecho, son conceptos que tuvieron su momento de esplendor pero que ahora, en esta democracia buenista de nuevo cuño, pesan bastante menos. Todo sea por esa paz a la que Zapatero se encamina entre rosas blancas, mientras a los demás sólo nos cabe pacer mansamente sin hacer preguntas incómodas. Así, cuando todo esto acabe, puede que ya no seamos nada, pero qué más da: estaremos en paz.

Por fin, Zapatero parece haber encontrado su ansiado lugar en la Historia: al lado de Fernando VII. Tanto como los españoles le debemos a aquel pésimo rey, se lo deberemos también a este nefasto presidente.

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